Pío Baroja, La busca
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A la Baronesa apenas se la veía en
, excepto en las primeras horas de la mañana y de la noche. Comía y cenaba fuera. A creer a la
, era una trapisondista, y tenía grandes alternativas en su posición, pues tan pronto se mudaba a una casa buena y llevaba coche como desaparecía varios meses en el
infecto de una casa de pupilos barata.
La hija de la Baronesa, una niña de unos doce a catorce años, no se presentaba nunca en el
ni en el pasillo; su madre la prohibía toda comunicación con los huéspedes. Se llamaba Kate. Era una muchacha rubia, muy blanca y muy bonita. Sólo el
Roberto hablaba con ella algunas veces en inglés. El muchacho miraba a la chiquilla con
. Aquel verano debió de terminar la mala
de la Baronesa, porque comenzó a hacerse ropa y se preparó a mudarse de casa. Durante unas semanas iban todos los días una
y una aprendiza con trajes y sombreros para la Baronesa y Kate.
Manuel, una noche, vio pasar a la aprendiza de la costurera con una
grande en la mano, y se sintió enamorado. La siguió de lejos con gran
de que lo viera. Mientras iba tras ella, pensaba en lo que se le tendría que decir a una
así, al acompañarla. Había de ser una cosa galante, exquisita; llegaba a suponer que estaba a su lado y torturaba su
ideando frases y giros, y no se le ocurrían más que vulgaridades. En esto, la aprendiza y su caja se perdieron entre la
y no volvió a verlas.
Fue para Manuel el recuerdo de aquella chiquilla como una
encantadora, fantasía, base de otras fantasías. Muchas veces ideaba historias, en que él hacía siempre de héroe y la aprendiza de heroína. En tanto que Manuel lamentaba los rigores del
, Roberto, el estudiante rubio, se dedicaba también a la
, pensando en la hija de la Baronesa. Algunas bromas tenía que sufrir el estudiante, sobre todo de la Celia, que, según malas lenguas, trataba de arrancarle de su habitual
; pero Roberto no se ocupaba de ella.
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